Todos, alrededor del mundo, que dicho sea de paso no es tan justo para algunos, no pensábamos en lo que el 2020 traería, si bien es cierto, ya el año anterior nos dejaba entrever lo que se avecinaba, no obstante, salía a relucir ese rasgo tan propio del ser humano, ese que le tiene sin cuidado mientras las tragedias ocurren a miles de kilómetros de él y, de esa forma, íbamos por ahí pensando que era un problema de “los chinos”, que no tenía nada que ver con nosotros y seguimos con nuestra vida como si nada, como si fuéramos inalcanzables y como si el dolor de otro no debería ser el nuestro también.
Y ahora estamos aquí, sin que exista un lugar en el planeta adonde el virus no haya llegado, haciendo que muchos volviéramos a nuestras casas, los que tenemos la bendición, o como otros prefieren decir, la fortuna de tener una, ese lugar al cual solíamos llegar solo para descansar pues nos pasábamos los días en el trabajo, alejados de la familia, que dicho sea de paso, es lo más importante que se puede tener y, en medio de situaciones como esas algunos tenemos la oportunidad de seguir laborando, desde casa, oportunidad que la gran mayoría no ha tenido.
Las medidas de los gobiernos, unas acertadas y otras no tanto, dan cabida a diversas situaciones, unos a criticar y señalar los atropellos y otros, más a favor tomando en cuenta su situación particular. Cada uno desde su realidad. Pero no podemos dejar de preguntarnos, ¿y dónde está Dios en medio de todo esto? Y no faltará el incauto que reproduzca como fuego que la situación actual es una que alegra el corazón de Dios porque somos una sociedad mala, idea que no es nada herrada, en relación a que somos una sociedad mala, ambiciosa, hostil y difícil de amar seguro estoy. Pero pensar de ese modo es irresponsable ya que reduce a Dios a nuestra condición, a lo que somos los humanos, y nada más alejado de la situación. Pero, y entonces ¿dónde está Dios en medio de esto? Y la respuesta es tan simple, tanto que la hace difícil de entender y creer para muchos, pero es así, Dios está justo en medio de todo esta situación, porque si historia está marcada por el sufrimiento humano, a lo largo de su existencia.
Dios está ahí, en medio de las manos que se tienden para sostener al caído, en el corazón bondadoso que lleva un poco de pan al menos favorecido. Dios está en las manos de los médicos, enfermeras, policías, soldados, barrenderos, repartidores, cocineros y todos aquellos que cuidan a quienes sufren, hoy por hoy, los estragos del coronavirus. Dios está también en el acto de los maestros que van puerta tras puerta para llevar las guías de trabajo a sus estudiantes, y Dios está en todo acto de bondad humana que sea expresado porque, ¿quién, si no solo Dios, puede producir actos de bondad en el ser humano?
Einstein lo dijo, el mal es la ausencia de Dios en el corazón del ser humano. Ante tal aseveración debemos entender que todo acto de bondad humana es el resultado del reflejo de Dios en el hombre, un Dios que no impone su autoridad, sino, quien a través del servicio y la entrega revela su amor a un mundo agitado y agobiado por los pesares que a diario le atañen. Mantener esperanza en vez de miedo, confianza en vez de zozobra nos ayudará a entender que Dios siempre ha estado y estará aquí, sufriendo junto a nosotros, es menester de cada persona lo que le permita hacer en y con su vida.